Centro de Coyoacán y Museo Nacional de Culturas Populares
- morfinursula
- hace 3 horas
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Salimos de la casa el sábado alrededor de las 11am y nos fuimos directo al centro de Coyoacán.
Max no se durmió en el camino, lo cual no fue tan buena noticia, pero el ánimo de hacer algo diferente era más importante que seguir las rutinas estrictas de siestas que tenemos entre semana. Por suerte, aguanta sin dormir y no se arruina completamente el día si no toma su debido descanso.
Para esta salida llevamos el patín del diablo de Lua y un triciclo que nos prestaron para Max. Sin pensarlo demasiado, eso terminó marcando el ritmo del día. Iba feliz viendo todo y no tan limitada como en una carriola. Es una buena forma de moverse cuando ya no quieren estar sentados, pero tampoco caminan todo el trayecto.
Llegamos cuando las plazas todavía no estaban tan llenas y las niñas pudieron moverse con libertad alrededor de la Fuente de los Coyotes y en la plaza del kiosco. Dieron vueltas y vueltas. De esas veces donde no tienes que estar detrás todo el tiempo diciendo que no.

Llegamos a Coyoacán a buscar dónde desayunar muertos de hambre. Intentamos en Los Danzantes, pero como ya temíamos, había que esperar mínimo 30 minutos. Acabamos sentándonos en Corazón de Maguey, del otro lado de la plaza. Ya habíamos caído ahí antes en un plan parecido. No es tanto el lugar, sino que funciona. Bancas largas, movimiento, espacio para que se levanten y regresen. Ellas comiendo a ratos, parándose, volviendo. Todo medio desordenado, pero bien.
Después caminamos al Museo Nacional de Culturas Populares, que está a unos cinco minutos. Entramos sin demasiada expectativa, más como extensión del paseo.
Los patios abiertos, las paredes de colores, el espacio. Las niñas podían moverse sin prisa, acercarse y alejarse. No se sentía como un lugar donde hay que estar cuidando cada paso.

Desde la entrada se ve un árbol de la vida lleno de colores. Hay salas pequeñas, manejables, lo suficiente para asomarse sin saturarlas. Ese día había además un festival de salterio y nos sentamos un rato mientras ellas seguían en lo suyo.
Es un museo que se recorre rápido, pero que cambia el ritmo del día dandole un toque cultural al día.
Antes de volver a casa pasamos por unas quesadillas en el mercado de la esquina. Más como cierre natural que como plan.
No fue nada extraordinario.Pero fue de esos días donde todo se acomoda un poco más fluido.
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